Ramón López Velarde y el Modernismo Literario

Junio 15 de 2015

15 de junio de 1888

Hoy recordamos a Ramón López Velarde fue uno de los mayores exponentes del modernismo literario en México. Sus poemas despiertan los sentidos con versos románticos y eróticos. Éstos llevan a idealizar al amor y a la mujer de la misma manera en la que llevan a idealizar a México con su más célebre poema, “La suave patria”, pues nuestra patria, al igual que el amor y la mujer, aunque sea magnífica y mágica, no siempre es “impecable y diamantina”.

Los grandes hombres se contradicen a sí mismos porque son vastos. Ramón López Velarde era amplio de mente, sensible de alma y profundo de espíritu. Arremolinado entre las aguas del amor sacro de su educación católica en el seminario y las del amor profano que Josefa de los Ríos (Fuensanta) despertó en él, López Velarde se tambaleaba entre el amor sensual y el espiritual de la misma manera en la que se tambaleaba entre su visión de un México de tradición y otro de revolución. Por una parte apoyó abiertamente a Francisco I. Madero, convirtiéndose así en el poeta por excelencia de la Revolución Mexicana. Por otra parte era un católico militante, lo cual fue la causa más probable de que Madero nunca le diera un puesto de confianza en el gobierno, haciendo que sus aspiraciones políticas se vieran frustradas.

Sus fracasos laborales y sentimentales acabaron con su ánimo, y el alma de la gente sensible no dura mucho en la Tierra. Es por eso que a los treinta y tres años de edad, a la misma edad del Cristo azul que lo acongojó en su poema “Treinta y tres”, Ramón López Velarde murió. De esta forma se cumplió la profecía de una gitana que le anunció una muerte por asfixia, la cual fue causada por una neumonía que se le complicó debido a la sífilis y a un paseo por la Ciudad de México en una noche fría. Estaba desabrigado cuando la helada cayó sobre el Valle de México, pero él quería seguir hablando de Michel de Montaigne.

Su poesía fue recopilada once años después de su muerte en un libro titulado “El son del corazón”. A través de su obra, en palabras de Montaigne, “los mismos placeres que se nos ofrecen, en vez de consolarnos, redoblan el lamento de su pérdida”.

 

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