Cuentas, números y teclas: la historia de la calculadora
Hacer una cuenta en la actualidad es tan sencillo como sacar el celular y abrir una aplicación. Pero hubo un tiempo en el que sumar, restar o multiplicar podía tomar bastante más trabajo. La historia de la calculadora comenzó hace miles de años y desde entonces estos pequeños objetos han cambiado mucho.
Uno de los primeros instrumentos para hacer cuentas fue el ábaco, que apareció alrededor del año 3000 a. C. en Sumeria —era muy sencillo de utilizar, en realidad un objeto conformado de varillas con pequeñas piezas que se movían para llevar el conteo—. Aunque hoy puede parecer algo muy básico, durante siglos fue una herramienta indispensable para comerciantes y personas dedicadas a las matemáticas.
Mucho después, en 1624 el alemán Wilhelm Schickard creó una máquina conocida como el “reloj calculador”, considerada una de las primeras máquinas capaces de realizar operaciones matemáticas. Unas décadas más tarde el francés Blaise Pascal diseñó la Pascalina, una máquina que permitía sumar y restar. Con el tiempo estos inventos fueron abriendo el camino hacia máquinas cada vez más completas.
En el siglo XIX apareció otro personaje importante, Charles Babbage, quien en 1835 presentó la idea de su motor analítico, una máquina que podía realizar cálculos de manera automática y que es considerada uno de los antecedentes de las computadoras modernas.
Pero la calculadora que muchos recordamos comenzó a tomar forma hasta el siglo XX. En 1965, Jack Kilby, junto con Texas Instruments, desarrolló una calculadora electrónica portátil a la que nombraron Pocketronic y comenzó a venderse en 1970 por unos 150 dólares. Aunque era portátil, pesaba cerca de un kilo y medio ¿te imaginas andar cargando eso?
Hoy nos parecería enorme para una calculadora, pero en ese momento fue un gran avance, ya que por primera vez era posible llevar una máquina de cálculo a casi cualquier lugar.
Durante esos años también llegaron nuevas funciones. Casio presentó calculadoras con memoria y poco a poco estos aparatos comenzaron a utilizarse en escuelas, oficinas, negocios, laboratorios e incluso en actividades relacionadas con la exploración espacial.
Con el paso del tiempo se hicieron más pequeñas, rápidas y fáciles de usar. Aparecieron calculadoras financieras, científicas, programables y hasta modelos que funcionaban con energía solar. Y sin casi darnos cuenta, dejaron de ser un objeto indispensable cuando sus funciones comenzaron a formar parte de las computadoras, los relojes y, sobre todo, los teléfonos celulares.
La calculadora es un buen ejemplo de cómo un objeto cotidiano puede contar la historia de la tecnología. De las pequeñas piezas de un ábaco a una aplicación en nuestro teléfono, han pasado miles de años y muchas formas distintas de hacer cuentas.
Y tú ¿te acuerdas de tu primera calculadora? ¿era de las que tenían pocas teclas o ya tenía funciones científicas? cuéntanos cómo era la usabas para realizar tus operaciones matemáticas.
