La historia de la sastrería: de la Edad Media a la actualidad

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Antes de que existieran las tiendas de ropa, las grandes marcas y las prendas que encontramos hoy en cualquier aparador, estaba el sastre. Alguien que tomaba una tela, la cortaba, la cosía y la ajustaba para crear una prenda pensada para una persona en particular.

 

La palabra sastre viene del latín “sartor”, que significa remendón o costurero, y este, a su vez, del verbo “sarcire”, que significa coser o zurcir. De ahí viene también la palabra sartorial, que seguramente hemos escuchado más de una vez cuando se habla de vestir bien.

 

Aunque la ropa existe desde hace miles de años, la sastrería como oficio comenzó a tomar forma entre los siglos XII y XIV. Antes, las prendas eran mucho más sencillas —generalmente se hacían con una sola pieza de tela y su principal función era cubrir el cuerpo—. Con el tiempo eso cambió y la ropa empezó a tener formas diferentes y también a decir algo sobre quien la llevaba.

 

Durante el Renacimiento aparecieron nuevas prendas y comenzaron a hacerse más comunes, las personas querían ropa que les quedara mejor y que reflejara su posición. Fue entonces cuando los sastres comenzaron a ganar importancia y se especializaron en hacer prendas a la medida.

 

Su trabajo llegó incluso a las cortes europeas. En Inglaterra, Francia, Italia y España, convirtiéndose en parte importante de la vida de la realeza y de las clases acomodadas. En Francia, por ejemplo, en 1293 se creó el gremio de los Maitres Tailleurs d’Habits, relacionado con la elaboración de prendas a la medida.

 

Con la llegada de los españoles a México, también llegaron nuevas formas de vestir y técnicas de confección europeas. La sastrería comenzó a formar parte de la vida cotidiana y con los años, las sastrerías se convirtieron en negocios muy presentes en las ciudades.

 

En la Ciudad de México durante buena parte del siglo XX acudir con el sastre era algo bastante común. Se podía elegir la tela, el corte, los botones y muchos otros detalles para conseguir un traje hecho especialmente para cada persona. Era una forma de vestir que apostaba por la duración y por tener una prenda que no fuera igual a ninguna otra.

 

Pero la industria de la moda cambió entre los años ochenta y noventa la producción industrial y el crecimiento de las tiendas de ropa hicieron que la ropa confeccionada en serie fuera cada vez más accesible. Poco a poco, el oficio del sastre empezó a perder presencia.

 

Hoy en día muchos talleres se dedican principalmente a reparar, ajustar y transformar prendas, mientras que otros mantienen la tradición de crear trajes y piezas completamente a la medida.

 

Quizá por eso, cuando encontramos una sastrería en la ciudad, también encontramos una pequeña parte de la historia de cómo nos hemos vestido.

 

Y tú, ¿alguna vez has mandado a hacer una prenda con un sastre o prefieres comprar ropa ya confeccionada?

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