Templo de Romita

Junio 15 de 2017

Estamos en una ciudad de ciudades, en cuyo perfil persisten claras muestras de las múltiples influencias recibidas a lo largo de su historia.

Nos encontramos ahora frente a nuestro pasado colonial ante el templo de la Romita. En el centro de una plaza adoquinada que comenzó a ser llamada Plaza de Romita –probablemente porque su paseo principal guardaba semejanza con un arbolado barrio romano- fue construido  en 1530, el templo de Santa María de la Natividad, una de las iglesias más antiguas de la ciudad.

En la antigüedad, el Templo de Romita o de Santa María de la Natividad se encontraba en el centro de un pequeño pueblo denominado “Aztacalco”, lugar de las garzas, donde aún se respira un cierto aire prehispánico, a pesar de estar ubicado a una cuadra del Eje Cuauhtémoc y a tres de la Avenida Chapultepec.

Este pequeño templo, consagrado a Francisco Javier en 1929, ostenta un sobrio campanario para el llamado a los feligreses, un ojo de buey en fachada y un nicho con una cruz como remate. En su interior no falta la elegancia, a pesar de no ser un gran espacio, pues todas las órdenes y convenciones para la edificación de un templo han sido perfectamente guardadas.

La Plaza de Romita permanece en nuestro imaginario colectivo gracias a la pluma de José Emilio Pacheco en su relato “Las Batallas en el Desierto” y ha trascendido con Luis Buñuel hacia la modernidad del celuloide en “Los Olvidados”.

La Ciudad de México ha integrado viejas poblaciones con su crecimiento desmedido, es cierto, pero ha preservado la esencia de algunas edificaciones que permanecen en el tiempo como testigos de la historia de una ciudad que fue y seguirá siendo nuestra.

Exposición: Roma Condesa, 111 años de historia, MODO 2013.

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