Brillantina es la palabra

Junio 7 de 2018

En 1859, Robert Chesebrough, proveedor de aceite para iluminación y diversos químicos en Inglaterra, vio futuro en el tratamiento químico del petróleo y tomando los ahorros de su vida se dirigió a Titusville, Pennsylvania.

Recorriendo los campos de petróleo, Chesebrough notó en los pozos una sustancia gruesa y pegajosa en las articulaciones de la bomba que era retirada antes de que inutilizara su funcionamiento. Poco después se enteró de que algunas personas creían que aquella sustancia les ayudaba a curar sus heridas más rápido.

Viendo una ventaja económica, él tomó una cubeta de ello, y trabajó arduamente para aclarar y purificar la sustancia hasta obtener el gel incoloro e inodoro que conocemos en la actualidad. Para hacer sus demostraciones, se utilizaba a sí mismo quemando su piel con fuego y con ácidos, infringiéndose heridas para después aplicar el producto maravilla y así demostrar sus cualidades curativas.

Fue de pueblo en pueblo hasta que la gente comenzó a aceptarlo poco a poco, y pese a que los farmacéuticos despreciaron el producto en un principio, las órdenes comenzaron a surgir a manos llenas, convirtiéndose en un elemento medicinal indispensable en el botiquín.

Fue así que el primer éxito de este producto fue con la medicina, pese a que más tarde se demostró que no tenía ningún poder curativo, en realidad mantiene a las bacterias lejos de las heridas.

Se ha utilizado para mantener a las plagas a raya, para proteger el traserito de los bebés, para evitar la congelación y para domar la rebeldía en el cabello. En gel, en pasta o en líquido, la brillantina ha tenido su momento de esplendor –su momento de brillo- que, aunque actualmente exista todo tipo de ceras, y fijadores para el cabello, jamás lograremos sustituir ese efecto que ha trascendido décadas hasta la actualidad.

Moldearse los lados, descubrirse la frente, levantarse un copete, trazarse una raya, detener un pasador, una peineta o prescindir de ellos. La brillantina ha servido desde siempre para fijar el cabello e inventarse un nuevo yo; quizá para la cotidianeidad, probablemente para la reunión de esta noche.

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